La energía, que incluye petróleo, gas natural, carbón, electricidad y materias primas vinculadas a la transición, deja de ser una simple mercancía para convertirse en un factor de poder. Su obtención, traslado, almacenamiento y valor inciden directamente en la seguridad nacional, la economía y la estabilidad social de cada país. Por esta razón, tanto los Estados como distintos actores no estatales la utilizan como instrumento para avanzar en objetivos políticos, militares y económicos.
Carácter estratégico de la energía
La energía presenta características que la convierten en un instrumento geopolítico de enorme influencia:
- Dependencia: numerosas zonas del mundo requieren abastecimiento externo para mantener su industria, la climatización y los sistemas de transporte, lo que genera una marcada fragilidad.
- Infraestructura concentrada: gasoductos, terminales de gas natural licuado (GNL), refinerías y redes eléctricas actúan como puntos estratégicos cuyo dominio facilita ejercer presión mediante interrupciones físicas o restricciones de acceso.
- Ventana para sanciones y contrasanciones: gestionar el flujo de recursos energéticos, ya sea de entrada o salida, brinda una vía directa para castigar o estimular conductas dentro del escenario internacional.
- Efectos económicos amplificados: las variaciones en los precios del petróleo y del gas se transmiten velozmente a la inflación, al desempeño industrial y al equilibrio externo.
- Tiempo y costo de sustitución: modificar proveedores o actualizar infraestructuras exige largos plazos y fuertes desembolsos, lo que otorga al suministrador predominante un considerable margen de maniobra política.
Mecanismos utilizados dentro de la geopolítica
Los actores recurren a múltiples tácticas para convertir la energía en una herramienta de influencia:
- Cortes de suministro: detenciones parciales o totales del flujo, motivadas por acciones intencionadas, tareas de mantenimiento específicas o situaciones de sabotaje.
- Manipulación de precios: ajustar la producción para generar subidas o bajas en las cotizaciones internacionales, una práctica frecuente entre los países de la OPEP.
- Control de infraestructuras: involucrarse en la financiación, propiedad o bloqueo de gasoductos y terminales con el objetivo de modificar las rutas comerciales.
- Sanciones y embargos: bloquear operaciones energéticas, restringir el acceso a servicios financieros o imponer límites al intercambio comercial.
- Inversiones estratégicas: desarrollar proyectos conjuntos, conceder créditos o adquirir activos para afianzar una influencia política y económica prolongada.
- Dominio tecnológico: mantener control sobre fases clave de tecnologías fundamentales (baterías, refinación, hidrógeno) con el fin de orientar la evolución energética de otros actores.
Ejemplos del pasado y de la actualidad
- Embargo de la OPEP de 1973: ante el apoyo occidental a Israel, los productores limitaron las ventas de crudo, lo que hizo que el precio del petróleo se multiplicara por cuatro y provocara una recesión global. Enseñanza: la coordinación entre productores puede convertir un recurso en una herramienta económica de enorme alcance.
- Disputas gasísticas Rusia-Ucrania (2006, 2009 y posteriores): los cortes y las tarifas aplicadas en las operaciones entre Moscú y Kiev afectaron el abastecimiento de Europa central y oriental. Antes de 2022, Rusia suministraba casi el 40% del gas que importaba la Unión Europea; la crisis de 2022 aceleró una diversificación significativa.
- Guerra y sanciones tras 2022: la invasión rusa de Ucrania redujo drásticamente los flujos de gas hacia Europa, provocó el cierre de gasoductos e impulsó la imposición de sanciones. La respuesta incluyó más compras de GNL, ampliación de proveedores y políticas de eficiencia energética dentro de la UE; la cuota rusa en las importaciones europeas descendió del entorno del 40% en 2021 a niveles muy bajos en 2023.
- Política petrolera de la República Islámica de Irán: las sanciones internacionales limitan su posibilidad de comercializar crudo; las medidas secundarias han disuadido a terceros países de adquirir su petróleo, reduciendo los ingresos estatales y su capacidad de influencia regional.
- Venezuela: la administración de PDVSA y las sanciones han convertido el petróleo en un instrumento de política interna y externa, con impactos profundos sobre la economía y sobre sus relaciones con socios como China o Rusia.
- Control de rutas marinas: corredores como el estrecho de Ormuz o Bab el-Mandeb actúan como cuellos de botella por los que pasa una parte relevante del petróleo y del gas líquido mundial; cualquier obstrucción o amenaza en esas zonas eleva la incertidumbre y los precios.
- Inversiones chinas en África y América Latina: proyectos energéticos, concesiones y financiamiento de infraestructuras se han visto como vías para asegurar suministro, reforzar influencia política y acceder a materias primas clave para la transición energética.
Impactos en la economía, la sociedad y la seguridad
El uso geopolítico de la energía produce efectos concretos:
- Inflación y recesión: alzas en precios energéticos encarecen transporte, producción y servicios, afectando el poder adquisitivo y la competitividad industrial.
- Desabastecimiento y tensión social: cortes de gas o electricidad comprometen el bienestar y pueden provocar protestas y crisis políticas.
- Reconfiguración de alianzas: países importadores buscan nuevos socios y acuerdos de seguridad; proveedores buscan mercados cautivos mediante contratos a largo plazo.
- Aceleración de la transición energética: la vulnerabilidad ante proveedores externos impulsa inversiones en renovables, eficiencia y almacenamiento, aunque la sustitución es paulatina.
- Militarización de rutas y territorios: la protección de infraestructuras críticas puede llevar a despliegues militares y tensiones regionales.
Soluciones y medidas preventivas
Ante el uso político de la energía, los Estados y bloques adoptan estrategias diversas:
- Diversificación de proveedores: aumentar importaciones desde distintas regiones y desarrollar suministros alternativos (GNL, renovables, hidrógeno).
- Reservas estratégicas: almacenamiento de petróleo y gas para amortiguar interrupciones; la Agencia Internacional de la Energía promueve marcos de reservas para sus miembros.
- Electrificación y eficiencia: reducir la demanda de combustibles fósiles mediante transporte eléctrico, economía más eficiente y edificaciones menos dependientes de combustibles exteriores.
- Desarrollo doméstico: invertir en producción nacional y en infraestructura de redes y almacenamiento para mayor autonomía.
- Diplomacia energética: acuerdos multilaterales, corredores energéticos y cooperación tecnológica para reducir riesgos de dependencia unilateral.
- Control de cadenas críticas: diversificar y asegurar acceso a minerales y tecnologías clave para baterías y electrolizadores.
La energía seguirá siendo una palanca geopolítica mientras persistan desigualdades en recursos, infraestructuras concentradas y ritmos desiguales de transformación tecnológica. El acto de convertir la energía en instrumento político revela tanto la interdependencia contemporánea como la fragilidad de sistemas diseñados para eficiencia económica más que para resiliencia estratégica. La respuesta exige combinar políticas de seguridad, inversión en diversificación y una visión de largo plazo que integre objetivos climáticos y de soberanía energética, reconociendo que cada decisión técnica tiene consecuencias geopolíticas.


